Bodegas Torres, emprendedores reincidentes

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Bodegas Torres son un claro ejemplo de emprendores vinícolas reincidentes, además de un modelo de gestión empresarial familiar. Tuvieron que emigrar para comenzar. La Guerra Civil les dejó sin nada y tuvieron que emigrar de nuevo y volver a empezar. Hoy, con la cuarta y la quinta generación al mando, son un ejemplo de empresa familiar. Esta es una breve hitoria de Bodegas Torres.

La fecha exacta se desconoce, pero todo apunta varios siglos atras, al menos tres. Desde el entonces, apellido Torres significa vino de calidad; y el vino en muchas mesas de aquí y de más allá, es Torres. Fue a finales del siglo XIX cuando Jaime Torres, un emprendor catalán de la epoca, decidió emigrar a Cuba en busca de un futuro más solvente. Apenas tenia 18 anos, sin embargo fueron suficientes para montar Bodegas Torres en la isla.

Poco tiempo pasó por allá, y con la Fortuna en la maleta, volvió a Vilafranca del Penedés y en 1870 fundó Torres y Compañía con la ayuda de su hermano Miguel. La visión empresarial de ambos y las ganas de conocer nuevos mercados les llegó, muy pronto, a exportar sus productos y a crear otros nuevos.

A finales de siglo, los vinos Torres llegaron a Cartagena de Indias, Santiago de Cuba, Hamburgo, San Petersburgo…Y en la década de los treinta, y ya con la segunda generación dentro de la empresa, Joan Torres Casals dio un paso más allá con la creación de brandies añejos criados en roble.

Tras la Guerra Civil toca volver a emprender

La Guerra Civil española, como otras tantas veces, paralizó y destrozó la industria de los Torres. De manera temporal todo se vino abajo. La bodega desapareció tras un bombardeo y el exilio fue, por segunda vez, la solución a todos los males.

La tercera generación, formada por la pareja de Miguel Torres y su mujer Margarita Riera, fue la que cruzó el charco. Volvieron a sus orígenes empresariales. Fueron a Cuba y a Nueva York y desde allí, comenzaron de cero. Les bastaron dos años para reconstruir las bodegas, ampliar los viñedos y comenzar con la elaboración de vinos embotellados bajo sus respectivas, y nuevas, marcas: Viña Sol, Gran Viña Sol, Sangre de Toro, Coronas y Viña Esmeralda.

Hoy son más de cincuenta. Con la maquinaria en marcha, mejorar los procesos de elaboración de los caldos fue una de sus prioridades. A finales de los sesenta comenzaron a plantar cepas foráneas como el cabernet sauvignon y chardonnay; años más tarde introdujeron la técnica de fermentación de los blancos bajo temperatura controlada y ya en los años ochenta no cejaron en su empeño por recuperar variedades catalanas que se creían perdidas.

Vinos chilenos

Entre tanto, la familia, atraída por las condiciones climatológicas de la región y la ausencia de plagas que afectan a las vides, adquirió cientos de hectáreas de viñedos en Chile, donde el negocio funcionaba, y sigue funcionando.Tanto, que tienen más de 400 hectáreas actualmente. A pesar de que la internacionalización de la empresa comenzó en el mismo instante de su creación, su expansión internacional ha ido in crescendo: la empresa está presente en más de 150 países, tiene filiales comerciales y distribuidoras propias en China, Brasil, Suecia y Cuba. Compañías mexicanas (Bodegas La Negrita), indias (Prestige W&S) o inglesas (John E. Fells & Sons) tienen participación en Torres y sus fincas se extienden del Penedés a California, igual que sus DO.

Con una facturación que el año pasado superó los 231 millones de euros (el 72% de las ventas procede del exterior), una plantilla de 1.300 trabajadores y una inversión en I+D+i que en 2012 fue de 2,5 millones de euros, Torres parece querer más. La cuarta y quinta generación está ahora al frente de las bodegas Torres pero el objetivo sigue siendo el mismo, mantener su tradición centenaria como empresa de gestión familiar, con clara y decidida proyección internacional, totalmente autofinanciada e independiente. Visto lo visto, lo conseguirán.